“Quiero que Argentina salga campeón por Messi”. Debe ser la frase más pronunciada desde hace meses. En los medios, en las encuestas, en las entrevistas, en las charlas futboleras. No es extraño que suceda, dado el magnetismo que despierta el capitán del seleccionado argentino y del detalle no menor de que, a los 35 años, se trata de su último Mundial. El de mañana, con Francia, será su último partido, en su quinto Mundial.

Pero te voy a contar por qué mi deseo va, incluso, mucho más allá de Messi…

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“¿Me contás cómo es, qué se siente ser campeón mundial en vivo? Quizá no lo pueda vivir como vos, que encima lo disfrutaste dos veces. Dale. No es lo mismo que verlo por Youtube, ¿no?”.

La pregunta es de un hijo, de un sobrino, de un primo, del hijo de un amigo, de un compañero de trabajo. De cualquiera de una franja etaria que va hasta los 40 años. Pensemos en el gol de Burruchaga a Alemania. Quien hoy tiene 40, en ese México 86 andaba en el jardín de infantes y difícilmente tenga registrado dónde estaba ese día, con quién y qué hizo. Hablamos de alguien que, muy probablemente, ya sea padre. Es decir, que ni él ni sus hijos celebraron “en vivo”. Y esto no quiere decir necesariamente estar en la cancha. Es vivir ese momento, frente a la TV. Sufrirlo, sentirlo, tirar el control remoto, patear el macetero, putear con ganas. Llorar. Reír. Abrazarse con alguien. Agradecer al ser querido que ya no está, pero que desde algún lado empuja como el viejo scrum de los Pumas.

Diego en el Azteca: el final feliz de una historia inolvidable

Diego en el Azteca: el final feliz de una historia inolvidable (Carlo Fumagalli/)

Es cierto que si ves el segundo gol de Maradona a los ingleses en internet te emocionás igual, pero es distinto a todo lo que se sintió aquel domingo 22 de junio del 86. Si lo experimentaste, sabés bien de qué te hablo.

Entonces, tenemos a cuarentones de ambos sexos que vieron pasar Italia 90 y el penal de Codesal, Estados Unidos 94 y el doping de Diego, Francia 98 y el tiro en el palo de Bati que cómo no entró, el fracaso de Corea-Japón 2002. Que nunca dejaron de creer, pero justo… Pekerman no lo puso a Messi en Alemania 2006, Maradona dejó en claro en Sudáfrica 2010 que no era como DT lo que fue como jugador. ¡Uffff! Del ¿qué hiciste Pipa? al era por abajo Palacio en Brasil 2014. Cerrando en Rusia 2018, justamente contra el rival de mañana, aunque en un contexto diferente: desgobierno y desbordes emocionales.

Pero los cuarentones, los treintañeros, e incluso los que han pasado el listón de los 20, que es el momento de la vida donde la película muta en “modo Mbappé” casi sin darnos cuenta, no son los que provocan el mayor impacto. De los 20 hacia abajo, por una cuestión de madurez, se infiere que todo se absorbe de una manera distinta. Más dolorosa. Todavía no existe esa caparazón que empieza a acumular magullones y que se acostumbra a resistir. Se los cree más vulnerables.

La emoción de los Battaglia

Es difícil olvidar los videos de los pequeños llorando cuando Messi, luego de tres frustraciones consecutivas en finales del Mundial y de la Copa América, dijo desde el vestuario que se iba de la selección. Eran chicos que estaban acostumbrados a verlo convertir cada fin de semana en Barcelona, que tenían su camiseta y la lucían orgullosos, pero que soñaban, como el propio Messi, con celebrar con la selección. Y no soportaron ese shock que significaba no tener más al ídolo en su selección.

Del mismo modo, hubo chicos –tus hijos, los hijos de todos– que crecieron a la par de los sueños truncos a nivel seleccionado. Que lloraron una y otra vez. Y está bien que lo hicieran. ¿Por qué se reprimirían si es lo que sentían? ¿Quién lo impediría? Pero, ¿hasta cuándo tendrían que escuchar aquella historia de la Copa América del 83 como último eslabón de algarabía? Se ve lo que provoca un gol, una victoria en esa vivencia en familia de Sebastián Battaglia, ex jugador y entrenador de Boca, en Qatar. Y es maravilloso. Una muestra de millones.

Lionel Messi anhela como ninguno ganar el Mundial y es acompañado en su sueño no sólo por los argentinos

Lionel Messi anhela como ninguno ganar el Mundial y es acompañado en su sueño no sólo por los argentinos (Ricardo Mazalan/)

Cuando Arabia Saudita nos pegó ese sopapo de entrada, que tuvo reminiscencias del final abrupto en 2002 en un Mundial al que llegábamos casi casi para retirar la copa del mostrador, lo primero que se me vino a la mente fue el video de los chicos llorando, hoy ya más grandes, aunque igual de ilusionados cada vez que se acerca un Mundial. Como los veintiañeros, los treintañeros y los cuarentones.

Porque, en definitiva, hablamos de varias generaciones que están esperando este momento. No sabemos si les va a cambiar la vida, pero sí que lo esperan. Que lo ansían. Que se lo imaginaron muchas veces. Que tienen ganas de abrazar a sus propios hijos. O los chicos a sus padres. Y llorar juntos el tiempo que haga falta. Pero de felicidad. Para cerrar el círculo. Terminar de entender qué es lo que transmiten, de verdad, aquellos viejos videos del 78 con el Matador Kempes y las atajadas del Pato Fillol. De la Mano de Dios y el cabezazo del Tata Brown. O la corrida de costa a costa de Valdano.

Mario Kempes celebra uno de sus goles en la final de 1978 contra Holanda. En la rodilla derecha del Matador puede verse la "vendita" que le recomendó usar el curandero Pepe hasta el final de su carrera.

El Matador Kempes, factótum de la conquista del 78, celebrando el primer gol de la final ante Holanda

¡Pero claro que quiero ver a Messi campeón! ¡Y a todo el plantel! ¡Y levantar la Copa como el Káiser, como Diego! Y vemos como Lionel Scaloni se emociona al final de su encuentro con la prensa a 24 horas de la final y se nos mueve el piso. Pero mucho más quiero que todos los que están esperando, no esperen más. Y llorar otra vez. Juntos.

Argentina finalista de Qatar 2022: sentirse campeón, un deseo que empieza por Messi y que varias generaciones también anhelan vivir
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