Producción: Javier Lewkowicz

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Pérdida de poder de compra

Por Mariana L. González (*)

El inicio de la aceleración en el nivel general de precios a fines de 2021 marca un punto de inflexión a partir del cual los salarios fueron quedando nuevamente a la zaga de la inflación. El salario registrado promedio del pasado mes de julio resultaba, según información del Índice de Salarios de Indec, 3,4 por ciento inferior en términos reales al de noviembre del año pasado.

Así, este valor salarial quedó levemente por debajo del nivel de diciembre de 2019, cuando asumió el actual gobierno. Puede entonces decirse que la pérdida de 20 por ciento que sufrió el salario medio durante el gobierno de Cambiemos no se logró siquiera comenzar a revertir. Si bien en 2020 el mal desempeño salarial se podía vincular con las consecuencias negativas de la pandemia de Covid-19 sobre economía y el mercado laboral, tampoco en 2021 y 2022 se logró la recuperación salarial, en un contexto más favorable caracterizado por el crecimiento económico y del empleo y la baja de la desocupación.

La pérdida de poder de compra de los salarios resulta sustantivamente mayor cuando se mide en alimentos, ante la mayor suba relativa en los precios de estos bienes. Cuando se compara la capacidad actual del salario para adquirir alimentos con la que tenía en diciembre de 2015 se advierte una caída casi de 24 por ciento.

La dinámica y las estrategias en torno a las negociaciones colectivas se fueron modificando en el transcurso de los últimos meses, adaptándose al escenario inflacionario. Las negociaciones por períodos inferiores a un año se volvieron habituales, con cláusulas de revisión antes de finalizar el período por el cual se negoció el salario o directamente con esquemas de negociaciones periódicas, por pocos meses.

Pero el elevado y acelerado nivel de inflación dificulta el necesario crecimiento real del salario, a pesar de estas estrategias. Aún cuando cada vez que se vuelven a negociar salarios se logre empatar la inflación hasta ese momento, no logran compensarse las pérdidas de aquellos meses en los cuales las remuneraciones quedaron rezagadas ni anticipar plenamente los futuros aumentos de precios. El escenario inflacionario pone a los trabajadores en estas negociaciones en una posición, de inicio, defensiva.

Las paritarias están mostrando ser un instrumento eficaz para defender relativamente el salario actual, pero no para incrementarlo en términos reales. A su vez, las variaciones salariales negociadas son muy diferentes por sindicato y por rama de actividad, tanto en el último año como considerando períodos más largos, lo que contribuye a la elevada desigualdad laboral existente.

Una mirada al pasado reciente permite advertir que pudieron lograrse aumentos salariales significativos en contextos de moderada inflación, como lo fueron los períodos de gobierno kirchneristas, hasta 2011. Pero cabe advertir que en aquellos años los incrementos en el nivel general de precios eran considerablemente más acotados y sin una tendencia a la aceleración.

Vale también recordar que, al inicio de ese período de recuperación salarial, cuando las remuneraciones promedio crecieron muy por encima de los precios, los aumentos salariales fueron impulsados por políticas activas como los aumentos de suma fija por decreto y los considerables incrementos reales en el salario mínimo, vital y móvil. Políticas que han estado ausentes en el escenario actual.

La trayectoria salarial reciente contrasta con el crecimiento económico y el de la productividad. De este modo, los asalariados en su conjunto perdieron participación en la riqueza anualmente generada. La contrapartida es un incremento del excedente empresario, que termina siendo beneficiado por la dinámica de precios y salarios. Según se constata con las cifras de distribución del ingreso, las remuneraciones representaban casi el 52 por ciento del valor agregado anual en 2016 y retrocedieron a menos del 44 por ciento en 2021.

(*) Investigadora de FLACSO-CONICET y CIFRA-CTA.

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Todos no pueden ganar

Por Fabián Amico (**)

Para entender el alcance de las paritarias y las posibilidades de mejorar el salario real, hay que colocar la cuestión en el contexto del conflicto distributivo entre salarios y ganancias. Es importante notar que la tasa de ganancia no es decidida sin límites por cada empresario, sino que es determinada por la evolución de ciertos precios claves. En el caso argentino (una economía que toma los precios internacionales como dados exógenamente), el tipo de cambio y los precios internacionales son determinantes cruciales de la distribución junto con los salarios. Por ejemplo, la idea de una relación inversa entre salarios y tipo de cambio es ampliamente reconocida en el estructuralismo. Así, una relación tipo de cambio /salarios más alta se corresponde con una tasa de beneficio más alta y una participación mayor de las ganancias en el excedente.

Existe un tercer grupo de precios exógenos que también influyen en la distribución, y son los precios regulados por el gobierno (en particular, las tarifas). Una relación precios regulados / salarios más alta supone una transferencia de ingresos desde los asalariados hacia las empresas que proveen los servicios públicos y modifica la distribución.

Es fácil ver que el efecto de la relación inversa entre tipo de cambio y salarios no se limita al sector exportador (o importador). Un tipo de cambio real persistentemente más alto que los salarios cambia la distribución del ingreso a favor de las ganancias en todo el sistema. Lo mismo ocurre con una suba de precios internacionales.

Implicaciones importantes

Si el gobierno va a mantener (o acelerar) el ritmo del crawling peg, y al mismo tiempo va a subir las tarifas en términos reales, entonces ese impulso tendrá un efecto negativo sobre los salarios y sobre la distribución. Cierto es que el gobierno mantiene abiertas las paritarias para que los sindicatos puedan compensar la mayor inflación. Pero esto es inconsistente. Mantener (o aumentar) el tipo de cambio real, supone que los salarios reales permanezcan estancados (o disminuyan aún más). Algo análogo se aplica a las tarifas.

De hecho, ya tenemos paritarias en torno al 100 por ciento anual y algunos gremios declararon un estado de “paritaria permanente”. El acortamiento de la duración de las negociaciones supone una aceleración de la inflación, en detrimento de los salarios informales y probablemente un aumento de la pobreza.

¿Qué se puede hacer? El escenario es muy complejo. En teoría, el gobierno podría usar los salarios como ancla, pero eso supone una caída adicional de los salarios, que registran una trayectoria sombría en los últimos años. El poder de compra de las remuneraciones del sector privado registrado en julio de este año fue un 19 por ciento inferior al vigente en julio de 2017 (la caída fue de 21 por ciento en los públicos y 35 por ciento en los informales). Usar los salarios como ancla nominal no parece política y socialmente sostenible.

Pero, además, en Argentina existe una considerable resistencia salarial. Esto significa, por ejemplo, que los trabajadores reclaman aumento del salario nominal cuando suben los precios de los bienes salario (por ejemplo, como resultado de una devaluación), aunque su empleador no haya aumentado el precio de lo que produce. El mantenimiento del margen sobre los insumos al costo de reposición requiere que el productor repase al precio el aumento de los costos, y esto transmite la inflación a todo el sistema y la torna crónica. Pero, como se comprueba en los hechos, pese a la resistencia salarial, las paritarias no pueden hacer magia.

Controlar los precios no es muy eficaz, ya que los precios son resultado del empuje de los costos. No tiene sentido hacer un acuerdo de precios si más tarde suben el tipo de cambio y las tarifas, y algo después también los salarios como respuesta. Estas presiones son independientes, por ejemplo, del déficit fiscal o de la expansión monetaria, que pueden reducirse y aún sí tener una aceleración de la tasa de inflación.

Es esperable una resistencia salarial mayor cuando se trata de bajar aún más los salarios, que están casi 20 por ciento por abajo del nivel de hace cinco años. Esto requeriría no solo congelar las paritarias, sino también aumentar mucho el desempleo. Una alternativa distinta debería empezar por reducir el ritmo de ajuste del tipo de cambio y moderar la suba de tarifas, algo que requiere una discusión profunda sobre las posibilidades de rediscutir aspectos de la agenda pautada con el FMI y de reformular el actual régimen cambiario.

(**) IET-UMET.

Source: economia – pagina 12

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