Es una mujer derrotada. No solo porque perdió cinco elecciones en 13 años (2009, 2013, 2015, 2017 y 2021), sino también porque fracasaron en el Congreso todos sus proyectos más importantes y más lesivos al sistema institucional. Cristina Kirchner es la inexplicable jefa de un peronismo que jamás había perdonado la derrota. En las últimas horas se supo que la idea kirchnerista de eliminar las PASO naufragó, tal vez definitivamente. Además, la Corte Suprema le asestó ayer un golpe intelectualmente fuerte y políticamente devastador cuando anuló un decreto parlamentario, que lleva su firma, por el que ella desconoció la representación de la oposición en el Consejo de la Magistratura. Ese decreto de Cristina decidió que toda la representación del Senado fuera suya mediante la maniobra de dividir su propio bloque, sometido íntegramente a su liderazgo, para que uno representara a la mayoría y el otro a la segunda minoría. Un ardid para esconder un “hecho falso”, señaló el máximo tribunal entre los muchos párrafos que le dedica a la necesidad de respetar las instituciones, la representación popular y los partidos políticos, incluidos en la Constitución como parte del sistema democrático. El tribunal se levantó como maestro de educación cívica de la vicepresidenta si se lee bien la sentencia. Es una fallo demoledor en sus consideraciones y también en su resolución final, que eyecta del Consejo al hipercristinista senador Luis Doñate y coloca en su lugar al senador opositor, de Juntos por el Cambio, Luis Juez. El senador cordobés le dedicó una parte importante de su vida a la carrera judicial y es un crítico implacable del kirchnerismo; su presencia en el Consejo de la Magistratura presagia nuevas derrotas para la vicepresidenta en el lugar donde se elige y se destituye a los jueces.

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El proyecto de eliminar las elecciones primarias obligatorias y simultáneas surgió en las orillas del cristinismo, pero fue siempre una iniciativa que contó con el aval oculto de Cristina Kirchner. Si alguna duda quedaba sobre ese respaldo, el ministro del Interior, Eduardo de Pedro, se encargó de disiparla hace pocos días. Apoyó enfáticamente esa eliminación y adelantó que contaba con el apoyo de gobernadores e intendentes. El respaldo de los gobernadores puede ser cierto (nunca entregan la lapicera, si es que pueden), pero el de los intendentes es una verdad a medias. Muchos de ellos, incluidos algunos del conurbano bonaerense, detestan la idea de que sea Cristina Kirchner quien decida las candidaturas del año próximo. Prefieren desafiar a los candidatos de La Cámpora en elecciones internas; no son pocos los que están cansados de la arrogancia camporista. De todos modos, sería una ingenuidad suponer que De Pedro habla por su cuenta y orden o que es un ente autónomo de Cristina Kirchner. Ya sin la confianza del Presidente desde hace mucho, su cargo de ministro del Interior, uno de los lugares más significativos del gabinete, se lo debe a la confianza que le tiene Cristina Kirchner. De Pedro es uno de los tres dirigentes más importantes de La Cámpora (los otros dos son Máximo Kirchner y Andrés Larroque) y nunca se hubiera pronunciado con la claridad que lo hizo si no sabía de antemano que contaba con el patrocinio de la vicepresidenta. Cristina Kirchner escondió siempre su mano porque siempre temió que sucediera lo que sucedió: que esa idea no tuviera los votos necesarios en la Cámara de Diputados. Como se trata de una ley electoral, la mayoría que requiere es especial. Cualquier modificación necesita la mayoría absoluta: 129 votos sin importar cuántos diputados estén en el recinto.

Si bien tuvo algunos aliados impensados, como la inexplicable adhesión del gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, es cierto que este se quedó solo en el bloque que sus legisladores integran junto con diputados de Roberto Lavagna y Florencio Randazzo. Estos dos últimos adelantaron su rechazo a la eliminación de las PASO. En la semana anterior, diputados del propio oficialismo aceptaron que no lograban alcanzar el número necesario para aprobar la eliminación de esas elecciones. También deslizaron que Cristina Kirchner no estaba interesada en el asunto. No era cierto. De Pedro se hubiera enfrentado en tal caso al Presidente, que nunca resignó su decisión de mantener esas elecciones, y, al mismo tiempo, hubiera jugado una partida sin agradar a la vicepresidenta. De Pedro es camporista, pero no es un suicida político. Cristina Kirchner siempre desconfió de que se alcanzara el número necesario de votos en la cámara baja y, por eso, se alejó de una eventual derrota.

La reiterada posición de Alberto Fernández de mantener las primarias influyó en el fracaso del proyecto cristinista. Votos decisivos que representan a los movimientos sociales y a los sindicatos prefirieron acompañar al Presidente antes que a la vicepresidenta. Muchos de los tiroteos verbales de los últimos días sobre el Presidente (la irreparable falta de respeto de Máximo Kirchner a la investidura presidencial y el manifiesto desdén de su madre a su antiguo ahijado político) escondieron la bronca de la familia Kirchner por la posición de Alberto Fernández sobre las primarias. La vicepresidenta quería la eliminación de esas elecciones no solo para arruinarles la vida a sus opositores (ruina que hubiera sucedido de no haber primarias), sino también porque quería conservar el poder de su dedo. El dedazo, como le llaman los mexicanos al derecho que se adjudicaban los presidentes de México para elegir a sus sucesores, de Cristina Kirchner fue efectivo en 2019, pero ya no lo puede ser. Su figura política se va encogiendo al mismo tiempo que se suceden las derrotas política y electorales. Llama la atención que siga vigente en un partido que fue siempre veloz para reemplazar los liderazgos políticos perdidosos, pero su peso político no es el mismo que el de hace tres años. No habrá en 2023 un único candidato peronista designado por Cristina Kirchner. Tal vez sea candidato a la reelección Alberto Fernández, aunque cerca suyo deslizan que esperará hasta el año próximo para anunciar su decisión. Pero también Schiaretti y Randazzo, entre otros, están trabajando en un proyecto electoral del peronismo diferente del kirchnerismo.

Tampoco el tiempo la ayuda. Faltan veinte días para que el Congreso entre en receso hasta marzo. Durante el verano, los legisladores solo podrán tratar los proyectos que envíe el Poder Ejecutivo (es decir, Alberto Fernández) y ya sabemos cuál es la posición del jefe del Estado. Las sesiones ordinarias comenzarán nuevamente en marzo, pero ya entonces la eliminación de las primarias dejará de ser una insoportable transgresión a las leyes electorales y se convertiría en una grosería institucional. En marzo se estará a apenas dos meses del plazo final para inscribir alianzas y a tres meses para inscribir candidatos. El proceso electoral, en síntesis, estará en marcha. Si se cambiaran entonces las reglas del juego electoral estaríamos ante un golpe al Estado de Derecho. Pero, ¿por qué tendrían en marzo los votos de diputados que no tienen ahora? Esa idea hace aguas y su único destino es el naufragio.

Es cierto que el fracaso del proyecto lleva cierto alivio a las luchas internas de Juntos por el Cambio. La coalición opositora podrá dirimir en elecciones limpias, controladas por la justicia electoral, su fórmula presidencial. Ayer fue un día significativo para un intento, al menos, de ordenar las discordias, las ambiciones y los egos que prevalecían en Juntos por el Cambio. Primero sucedió una reunión presencial de los principales dirigentes de Pro. Casi no se habló (o se habló muy poco) de las últimas y desopilantes reyertas públicas. “Son gente grande y saben qué errores cometieron”, explicó uno de los presentes. Fuentes seguras señalaron que el 80 por ciento del tiempo se usó en conversar sobre el país que le tocaría gobernar a la coalición opositora si ganara las elecciones presidenciales de 2023. “Nos dejarán una bomba de tiempo mucho más grande que la de 2015″, agregó esa fuente. Los economistas dudan. Muchos de ellos creen que la sequía que afecta al sector agropecuario (y que afectará la recaudación de dólares auténticos) y la vocación de la familia Kirchner por distribuir dinero en años electorales podría quebrar antes de tiempo el equilibrio permanentemente inestable de la economía de Sergio Massa. De todos modos, coincidieron en que el único ajuste real de la economía lo está haciendo la inflación sobre los salarios de los jubilados y de los empleados públicos. “El Estado sigue gastando como siempre y financiando empresas inviables”, dijeron.

Una novedad de la reunión de Pro fue la aparición de María Eugenia Vidal como precandidata presidencial. Ella había anticipado que en marzo decidiría si sería candidata a jefa de Gobierno de la Capital, pero también es cierto que los últimos tiempos los dedicó a viajar por el interior del país. No visita solo las capitales de las provincias; se queda tres o cuatro días en cada provincia y recorre su interior. Algunos encuestadores venían señalando que su imagen es mucho mejor en el interior del país que lo que se supone en la Capital. La única precandidatura que sigue pendiente de definición es la del propio Mauricio Macri. Uno de los voceros de la reunión, Cristian Ritondo, señaló que habían llegado a coincidencias sobre cómo deberá ser la campaña electoral entre “los precandidatos que hay hasta ahora”. La relatividad del “hasta ahora” significa mucho. Significa, por ejemplo, que la candidatura de Macri es todavía una posibilidad. “Significa que puede ser candidato o que no puede ser. La decisión sigue en sus manos”, contó alguien que lo conoce bien.

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Más tarde hubo una reunión por zoom de los principales dirigentes de Juntos por el Cambio. Es extraño que se hayan reunido de manera telemática después de más de dos meses sin reuniones entre ellos. ¿Por qué no intentaron una reunión presencial? ¿O lo intentaron y no pudieron? De cualquier forma, es mejor que se vean la cara en la computadora antes que continuar con la incipiente guerra civil en la que estaban embarcados. Macri conserva su liderazgo en Pro, pero está obligado a un esfuerzo mayor para convencer frente al radicalismo y a la Coalición Cívica. Sobre todo, frente a Gerardo Morales, el díscolo gobernador radical de Jujuy y presidente del radicalismo, y a Martín Lousteau, un senador recientemente sumado a la UCR con fuertes vínculos políticos con el interminable Enrique “Coti” Nosiglia. Nosiglia fue amigo de Macri, pero luego se convirtió en su enemigo. ¿La foto de la tregua de ayer será una foto permanente o será solo un paréntesis entre tantas balaceras? Nadie tiene la respuesta, sobre todo cuando la vanidad supera a las razones de la lógica política, si es que la política tiene lógica. Lo cierto es que esos estruendos le hacen daño a la principal coalición opositora en momentos en que no deja de crecer la figura antisistema de Javier Milei. La guerra de guerrilla dentro de la coalición opositora es también una de las razones por las que Cristina Kirchner no sufre las consecuencias políticas de tantas derrotas.

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