El fenómeno emite señales cada vez más numerosas. El peronismo se encamina hacia una catástrofe electoral. Como marca, Frente de Todos, y en la persona de sus principales candidatos. Esa posibilidad tiene, por supuesto, consecuencias sobre el desenlace de la disputa de poder que se está librando este año. Pero también permite imaginar, muy en borrador, algunas hipótesis sobre las características del mapa político en el que le tocará operar al próximo presidente. Porque la crisis que está atravesando el oficialismo ha desatado un conflicto interno que, si se confirman los pronósticos, está destinado a extenderse en el tiempo con modalidades cada vez más agresivas.

La contracción de la fuerza que conduce Cristina Kirchner es de sentido común. Entre 2019 y 2021 perdió 40% de los votos. ¿Aparecieron desde 2021 razones políticas o económicas para que se revierta esta tendencia a la autodestrucción? La novedad de estas horas es que esos signos de deterioro comienzan a expresarse en las encuestas. Los suscriptores de los trabajos de Aresco, la consultora de Federico Aurelio, acaban de recibir un informe que consigna una caída llamativa del Frente de Todos. En noviembre, la intención de voto a Presidente, agrupando las preferencias por partido, había arrojado los siguientes números: 35,6% para Juntos por el Cambio; 33,5% para el Frente de Todos; y 19,3% para La Libertad Avanza. Hoy esas cifras son las siguientes: 35% para Juntos por el Cambio; 28% para el Frente de Todos; y 22% para La Libertad Avanza. Quiere decir que la principal oposición se mantiene estable, la corriente de Javier Milei mejoró alrededor de 3 puntos porcentuales, y el Frente de Todos, aquí está la noticia, se encuentra casi 6 puntos más abajo.

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Una incógnita razonable es si este 28% constituye un piso o es sólo de una estribación de un descenso todavía más profundo. Un aspecto relevante de este panorama es que los votos que pierde el Frente de Todos no irían hacia Juntos por el Cambio. Fugan hacia Milei o hacia la abstención.

No sólo pierde electores el peronismo como fuerza. También sus candidatos más visibles pierden adhesiones. La señora de Kirchner, Alberto Fernández y, sobre todo, dos dirigentes valuados, hasta ahora, como activos electorales de esa agrupación: Sergio Massa y Axel Kicillof.

La pesadilla del kirchnerismo, que es la corriente interna que lidera al PJ, es que no está en condiciones de tomar medidas que reviertan la tendencia. Los funcionarios, con Massa a la cabeza, se han comprometido a gastar menos. Por ejemplo, a eliminar subsidios energéticos y, en consecuencia, a aumentar las tarifas. Además, el factor más corrosivo del ingreso de las familias, la inflación, sigue acelerándose. El índice de la Ciudad de Buenos Aires, que suele anticiparse a lo que calcula el INDEC, registró ayer un aumento del 7,1% en los precios de marzo, que llega a 9% en el caso de los alimentos. ¿Hace falta recordar que el comportamiento del salario real es la variable que más condiciona el humor de los votantes?

El plano inclinado del Frente de Todos contamina, desde el centro del poder, a todos los distritos. Pero impacta más en la provincia de Buenos Aires, la zona de repliegue de la vicepresidenta. El asesinato del chofer Daniel Barrientos, el lunes, sintetizó el problema. La furia de la ciudadanía por una inseguridad que se ha vuelto sanguinaria, contrasta con un Gobierno que no tiene la menor posibilidad de conectar con ese drama. Porque si algo han demostrado los funcionarios del kirchnerismo todos estos días es que carecen por completo de la sensibilidad necesaria para conectar con el clima emocional de sus gobernados.

Sergio Berni no tuvo mejor idea que responder a un piquete de indignados con un acto de campaña, guionado como una película de acción. Kicillof fue más allá. En vez de solidarizarse con las víctimas, negó que en el conurbano se viva con zozobra. Para él la muerte del chofer fue el resultado de un complot de Patricia Bullrich. Le resulta obvio, porque Bullrich había hablado de que los colectiveros estaban amenazados por la violencia suburbana. Es decir, para el gobernador, antes de que hablara Bullrich no había riesgo alguno en conducir un ómnibus, de madrugada, por esas calles de Dios.

Kicillof, como su jefa, la vicepresidenta, cultiva la lógica del “todo tiene que ver con todo”. Es decir, la suba en el precio del dólar se explica porque la luna entró en cuarto menguante. Es evidente. Con el mismo rigor, explicó el fallo adverso de la jueza neoyorkina Loretta Preska, en que “la derecha quiere privatizar YPF”. Otra exhibición impresionante de desconexión con lo que está sucediendo. Porque lo que se discute en el tribunal de Preska no es la estatización de la compañía. Es la manera en que se la llevó adelante, ignorando los procedimientos establecidos en el estatuto. Una negligencia más grave porque hubo muchos avisos de que se perderían los litigios. Algunos fueron de asesores externos, como Edward Scarvalone. Ese abogado envió varios alertas de que, si se pedía a Repsol que declinara sus derecho a reclamar la violación del estatuto, como se hizo, otros accionistas recurrirían con éxito a la Justicia, que es lo que acaba de verificarse. Esos otros accionistas son nada menos que los Eskenazi, que se habían quedado con el 25% de la empresa por su sospechosa amistad con Néstor Kirchner. Scarvalone se dirigía a funcionarios del equipo de abogados de Economía, como Matías Isasa, a quienes Kicillof ni siquiera consultaba. No hace falta entrar en esos detalles: bastaría leer el discurso que pronunció Graciela Camaño durante el debate de la estatización para advertir que las desventuras de estos días habían sido vaticinadas y podían evitarse. Aun estatizando YPF.

El gobernador ingresó en un infierno astral. Ayer se conoció otro fallo relacionado con su gestión en Economía, por el que la Argentina fue condenada en Londres a perder otros 1450 millones de dólares. Esa derrota es, acaso, más insólita que la anterior. Se relaciona con la manera en que la manipulación de las estadísticas oficiales durante la presidencia de Cristina Kirchner afectó la cifras de crecimiento. A esas cifras están asociados algunos bonos entregados por Roberto Lavagna en su canje de deuda. Los bonistas alegan que, dado que en 2013 hubo un cambio metodológico en la medición del PBI, se les pagó de menos.

Lo insólito es que, antes de esa fecha, la administración de la señora de Kirchner había sido denunciada por la oposición porque, por las mismas tergiversaciones con los índices, estaba pagando de más. Los bonistas cobraron ese exceso, sin abrir la boca. La primera denuncia penal la realizó el entonces diputado Alfonso Prat-Gay el 26 de mayo de 2013. Se amplió, con la firma de Manuel Garrido, el 14 de noviembre de ese año. Y volvió a ampliarse una semana después. El economista Vladimir Werning, en un documento titulado Argentina GDP Warrants, realizó un estudio muy pormenorizado sobre los efectos de esas adulteraciones estadísticas sobre la liquidación de los bonos atados al crecimiento del PBI. Demostró que los inversores recibieron 2400 millones de dólares más de lo que debían recibir. Es evidente que Kicillof, igual que el procurador del Tesoro Carlos Zannini, ignoran estos antecedentes. Es interesante la diferencia de este fracaso con el de YPF. En el juicio iniciado por Burford, el fondo que compró sus derechos a los Eskenazi y del que ellos podrían formar parte, la derrota era casi inevitable, debido a que se despreciaron las advertencias de la oposición y de los abogados. En cambio, en el caso de los bonos atados al PBI, como demuestra Werning, los improvisados Zannini y Kicillof, pagaron 2400 millones de dólares de más, pero perdieron el juicio en Londres por pagar de menos.

Esta falta predatoria de profesionalismo, que se manifestó también en la prodigalidad con que el gobernador de Buenos Aires negoció hace dos años la deuda de la provincia, ha llevado al propio Prat-Gay a elaborar un Kicicostómetro, es decir, un medidor del costo que las torpezas de Kicillof representan para los contribuyentes argentinos. Allí se registran desde los pagos a Repsol por la estatización de YPF, la condena de Thomas Griesa por los holdouts, el regalo del Club de París, la deuda bonaerense y las sentencias de los últimos días. Ayer la suma ya había alcanzado los 35.174 millones de dólares. Todos pagados en nombre de la soberanía nacional.

En estos fracasos no sólo interesa calibrar el quebranto económico, sino el nivel de delirio que asoma en los argumentos que pretenden justificarlos. Porque las cabezas que producen esas coartadas son las que están a cargo de evitar un hundimiento electoral. El asesinato del colectivero Barrientos, asociado a la insensata aparición de Berni, cobija una extraordinaria densidad simbólica. El peronismo no puede caminar por La Matanza. Los vecinos invaden las comisarías pidiendo alguna solución, mientras claman para que el intendente Fernando Espinosa regrese al barrio desde su piso de Puerto Madero. El opulento Espinosa fue colega del llorado Barrientos: manejaba el auto de su antecesor, Alberto Balestrini. El peronismo parece estar diseñando una estrategia para conseguir lo que nunca consiguió: perder en La Matanza.

Una nota sobresaliente de este proceso es que los votos que se le van al PJ no los gana Juntos por el Cambio. Se dirigen hacia la abstención, que asoma con síntomas diversos. Uno muy notorio: cada vez son más los que no quieren atender a los encuestadores. El otro beneficiario del descontento es Javier Milei. En los mismos cálculos de Aurelio, si las elecciones primarias se celebraran hoy, habría un triple empate entre Milei, un candidato de Juntos por el Cambio y uno del Frente de Todos. Milei es cada vez menos un teórico de la doctrina liberal, y más un predicador cuyo principal mensaje es el enojo, dirigido a una comunidad enfurecida. Su buena nueva está cifrada, como sintetiza el consultor de Poliarquía Alejandro Catterberg, en dos palabras mágicas: casta y dolarización.

En encuestas de muy alta calidad, presenciales, se prevé que en una primera vuelta en la que compitan, por ejemplo, Horacio Rodríguez Larreta y Massa, Milei sacaría 31% de los votos, Larreta 24 y Massa 13. Es decir, habría un ballotage entre Milei y Larreta. Una observación crucial: en esa simulación hay un 18% de indecisos. Si la candidata de Juntos por el Cambio fuera Bullrich, sacaría 18% y también iría a una segunda vuelta con Milei. El peronismo, excluido. Los indecisos son en este escenario 20%. Importa menos determinar si estos pronósticos son acertados que saber que estas elecciones serán muy misteriosas.

Alarmada por el rechazo a su organización, que es la que más sufre el rechazo a la política, Cristina Kirchner ha inaugurado un casting de figuras extrapartidarias para aplacar la irritación de los votantes. Van desde Miguel Galuccio hasta el Padre Pepe Di Paola, quien es muy probable que rechace la propuesta si se la formulan. La peripecia kirchnerista es inesperada. Fue de “reinventar la política”, con Néstor, en un contexto de formidable crecimiento, a “esconder la política”, con su viuda, en el valle de lágrimas de la inflación y la inseguridad.

Desde el peronismo más ortodoxo, apañado por algunos sindicatos, se lanzan otras candidaturas para evitar que los enfadados fluyan sin escalas a Milei. Entre esos experimentos está el lanzamiento de Santiago Cúneo, amigo de Julio De Vido y verdugo ensañado de Alberto Fernández. O la reaparición de Raúl Othacehé, antiguo padrino de Massa, en Merlo.

En la cúpula del Frente de Todos, mientras tanto, planean la guerra final. Una interna en todos los niveles entre la señora de Kirchner y Fernández. El Presidente no desistió todavía de su candidatura. Al contrario, la alimenta gritando, en soledad, sus propios goles. Frases de antología, emitidas sin que le tiemble la voz ante el micrófono de Tomás Rebord, como esta: “Dicen que no tuve coraje: ¿y quién implantó el documento no binario?”. O esta otra: “¿Quién se plantó frente al G7 para decirles ‘paren con esta guerra que nos está llevando al peor de los mundos’? Alberto Fernández”.

Sergio Berni, de la paranoia a lo payasesco

El Presidente se arrepintió de haber dicho que quiere terminar con el kirchnerismo. Ahora su blanco es el personalismo. Es decir, se propone amputar el dedo que lo designó. Si se atreve, deberá buscar un candidato a gobernador en Buenos Aires que enfrente a Kicillof. Ya tiene un representante en la ciudad: Leandro Santoro. El kirchnerismo pretende enfrentarlo con el kicillofista Augusto Costa. El enigma final de estos movimientos es el que formuló ante LA NACION un militante de La Cámpora: “¿Y si competimos contra Alberto y le ganamos? ¿Cuánto dura este gobierno?”. Esta lucha entre Caín y Abel se proyectará más allá del 10 de diciembre. Si el peronismo hace una muy mala elección, será inevitable un proceso interno que tendrá un aire de familia con la renovación de los ‘80, o con el revisionismo posmenemista encarnado por Eduardo Duhalde y, sobre todo, por los Kirchner, a comienzos de este siglo. Una convulsión interna que podría ser favorable a un gobierno ajeno al PJ, si su líder la sabe leer y aprovechar.

El panorama electoral es un sistema en el que los grupos se determinan mutuamente. En Juntos por el Cambio se está registrando un fenómeno que llamó la atención de Juan Germano, de Isonomía: los votantes de Larreta y de Bullrich tienen visiones cada vez más divergentes. Si gana Bullrich, ¿podrá retener a los de Larreta? Y lo que es más desafiante: si gana Larreta, ¿podrá retener a los de Bullrich? Milei es una variable en la interna de la principal oposición. Existe otro vaso comunicante. ¿Qué capacidad tiene Juntos por el Cambio para recibir el voto desencantado del oficialismo? ¿Es lo mismo que gane Larreta a que gane Bullrich? Son preguntas relevantes, que se recortan sobre un paisaje que hoy presenta una evidencia principal: el derrumbe peronista.

El peronismo se enfrenta a una catástrofe electoral
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