Hay quien pone en entredicho sus habilidades como luchadoras de sumo por ser mujeres y no ser «gordas». Lejos de reducirse, Valéria y Diana Dall’Olio convierten los prejuicios en combustible al subir al ‘dojo’ de tierra batida de Sao Paulo.

Sentadas en un banco de madera junto a otras peleadoras de distintas edades y corpulencias, en un gimnasio público de la megalópolis, madre e hija aguardan el llamado para combatir en un deporte asociado tradicionalmente a asiáticos obesos apenas vestidos con una suerte de tanga gruesa.

Y que en su vertiente profesional, ligada desde hace más de 1.500 años al sintoísmo japonés, prohíbe la participación de mujeres debido a que creyentes de esa religión las consideran impuras o que traen mala suerte.

«Hay un prejuicio. Cuando contaba que practico sumo, había gente que pensaba que tenía que ser gorda. En las artes marciales las mujeres están bajo la lupa, porque los hombres generalmente son los que luchan», dice a la AFP Valéria, de 39 años.

Desde niña se probó en judo y jiu-jitsu, dos disciplinas populares en Brasil que todavía practica, pero en 2016 se afiebró con los combates «muy dinámicos» del sumo, traído al país por la migración japonesa de principios de siglo XX y en el que se busca tirar al rival al suelo o sacarlo del área circular del ring.

  • «Más batalladoras» –

Valéria demostró rápido su valía en la modalidad aficionada, que tiene campeonatos mundiales femeninos desde 2001, con la esperanza de que algún día se convierta en deporte olímpico. Por ahora, ya conquistó tres títulos brasileños (2018, 2019, 2021) y el sudamericano de 2021 en peso medio (entre 65 y 73 kilos).

«Intento compaginar mis múltiples ocupaciones: ama de casa, madre de dos hijos, termino con menos tiempo. Por eso, para nosotras es una verdadera victoria (poder competir). Somos más batalladoras que los hombres en la lucha, porque ellos a veces no tienen tantas tareas cotidianas», agrega.

Diana, su hija de 18 años, nunca tuvo interés en luchar hasta que sintió atracción por la velocidad del sumo, cuyas peleas difícilmente duran más de treinta segundos y en las que con fuerza, estrategia y técnica se puede derrotar a un rival de mayor corpulencia.

Se puso un ‘mawashi’, como se conoce el cinto que cubre las partes íntimas, por primera vez en 2019 y ahora compite en peso leve -hasta 65 kilos-, la menor de las tres categorías del sumo aficionado femenino junto al medio y pesado (más de 80).

Además de estar restringido para las mujeres, a las que en el pasado incluso se les prohibía tocar a los peleadores o entrar al ‘dojo’, el sumo profesional tiene una división única que sólo admite a hombres de más de 75 kilos y 1,73 metros de estatura.

«Los prejuicios se sienten, porque muchos dicen que la mujer es frágil, que no aguanta, que si se lastima no va a luchar nunca más. Siempre pasan esas cosas, y no solamente en el sumo, sino en cualquier otro lugar», afirma Diana. «Pero aprendemos a luchar contra eso. Mi generación se está levantando».

  • Inspiración –

Canoso y de hablar pausado, Oscar Morio Tsuchiya, presidente de la Confederación Brasileña de Sumo, atribuye a las mujeres el reciente crecimiento del sumo en Brasil, una de las potencias de Latinoamérica.

Calcula que son la mitad de los 600 luchadores del país, concentrados en los estados de Sao Paulo, Rio de Janeiro, Paraná y Rio Grande del Sur.

«En un principio hubo ese problema de que, debido al rito sintoísta, la mujer no podía ni subir al ring. Muchos tradicionalistas se horrorizaron cuando empezaron a combatir. Pero con la creación de las categorías leve, medio y pesado, para intentar ser deporte olímpico, esas barreras fueron quebradas», asegura.

En el gimnasio de Sao Paulo, las Dall’Olio se sacuden la tierra tras una jornada sin muchas victorias. Diana ganó una de sus tres peleas y Valéria perdió en el único combate de peso mediano frente a Luciana Watanabe, dieciocho veces campeona brasileña y dos veces subcampeona mundial (2013, 2017).

Cara visible del sumo de Brasil, Luciana, de 37 años, comparte su conocimiento y pasión sobre la especialidad a niños en Suzano, a 50 kilómetros de Sao Paulo.

«Por lo general son los hombres quienes dan las clases», pero «creo que los alumnos se inspiran en mí, porque yo les muestro mis títulos», dice.

«Mi idea es quebrar prejuicios, que las personas empiecen a respetar más este deporte, porque aún hay mucha gente que cree que es solamente cosa de hombres, de gordos. Pero todo el mundo puede participar».

Raa/app/ol

El sumo femenino, un camino para "quebrar prejuicios" en Brasil
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