El célebre comienzo de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte fue cancelado en la Argentina. Entre nosotros, no es primero la tragedia que luego se repite como farsa, sino que ambos extremos viven mezclados hasta convertir en normal lo extraordinario.

Un país angustiado por la espiralización de la inflación que detona el aumento del empobrecimiento masivo soporta, como puede, el también consecuente crecimiento de la inseguridad.

Esa tragedia que permite anticipar cuántos nuevos pobres habrá al final de cada trimestre es condimentada por las farsescas contradicciones de los protagonistas del oficialismo

Un gobierno que eligió no hacer nada con los problemas y enredarse en sus propias contradicciones y peleas internas entró en el camino de salida con esos viejos dramas multiplicados por la inacción. En su retirada, explica la expansión de la decadencia recitando teorías conspirativas.

Había alta inflación con Mauricio Macri, que nunca atinó a aplicar un plan riguroso para controlarla. Alberto Fernández y Cristina Kirchner duplicaron los porcentajes hasta acercar al país a un nuevo infierno hiperinflacionario. El drama se sintetiza fácilmente, aunque cada uno tenga su propio padecimiento: a casi nadie le alcanzan los ingresos para llegar a fin de mes.

Esa tragedia que permite anticipar cuántos nuevos pobres habrá al final de cada trimestre es condimentada por las farsescas contradicciones de los protagonistas del oficialismo.

En la semana anterior, Fernández dijo un discurso antiimperialista para alegrar a sus socios caribeños en la Cumbre Iberoamericana y tres días después, paseo por Nueva York mediante, fue a rogar apoyo al Salón Oval de la Casa Blanca. Pero lo único que pudo rescatar fue contar el intercambio de bromas con el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, sobre Donald Trump. Dijo luego que se habían reído del expresidente, según su propia versión de la pintoresca insignificancia del encuentro.

En paralelo, Sergio Massa lograba la enésima renegociación con el Fondo Monetario, cuyas autoridades ya no saben cómo disimular que los argentinos de todas las épocas hacen del incumplimiento un hábito.

El ministro se mueve casi en paralelo con el Presidente mientras mantiene una estrecha relación con La Cámpora, la envejecida agrupación de los fieles escuderos de Cristina Kirchner. Los muchachos que ya no son tan muchachos critican en público las maniobras de Massa con el FMI, pero detrás de las cortinas bancan las acciones de sobrevivencia del exintendente de Tigre. Massa ve cómo la inflación no solo devora el bolsillo de los argentinos, sino también su aspiración presidencialista.

Se supone que el discurso contra el Fondo y, por lo tanto, en contra del ministro que negocia con sus directivos, es para la tribuna kirchnerista. Es un ejercicio de fallido autoengaño; no hay ningún militante que no sepa que los dirigentes de La Cámpora dicen una cosa, pero hacen otra. La hipocresía se extiende como una mancha de aceite.

Otro ejemplo: niegan ser parte del gobierno en el que controlan el 70% del presupuesto nacional.

Berni repite la farsa del superhéroe que llega para ser visto a los dramas repetidos de gente que sufre su inoperancia como ministro de Seguridad

Tragedia y farsa, revueltas. Una vez más, el lunes pasado, el ministro Sergio Berni esperó a estar en vivo y en directo para descender de un helicóptero en el límite entre La Matanza y la ciudad de Buenos Aires, donde los choferes de la UTA volvían a reclamar por otro asesinato en un colectivo.

Hace tres años y medio que repite la farsa del superhéroe que llega para ser visto a los dramas repetidos de gente que sufre su inoperancia como ministro de Seguridad. Berni tiene un discurso que sintoniza con los reclamos de orden y mano firme que enarbolan sectores de la oposición, pero se parapeta en el muy inocuo estilo oficialista de no resolver ningún problema.

Personajes como el militar preferido de Cristina Kirchner son muy útiles para los canales de noticias que llenan minutos con sus irrupciones. Pero esta vez encontró una reacción violenta y salvaje de un grupo de choferes que invitó a pensar, en tiempo real y con solo mirar las pantallas de TV, que había vuelto a quebrarse un nuevo límite: el desconocimiento de la autoridad al extremo del linchamiento.

Berni sufrió una agresión repudiable que pudo costarle la vida y eligió salir cavando más hondo el pozo en el que se metió por su adicción a jugar a la figuración por la figuración misma. Con las heridas de los golpes en la cara, el mismo lunes recorrió varios canales amigos para reemplazar el drama de otra muerte violenta, la del chofer Pedro Daniel Barrientos, con varias teorías conspirativas contradictorias entre sí.

Además de reponer su insufrible pelea con el ministro de Seguridad de la Nación de turno, en este caso Aníbal Fernández, Berni remedó aquella temeraria afirmación del entonces gobernador Eduardo Duhalde cuando, a fines de enero de 1997, frente al asesinato del fotoperiodista José Luis Cabezas, dijo que le habían “tirado un cadáver”.

Axel Kicillof, de quien no se conoce ni una frase sobre el drama de la inseguridad de los bonaerenses, hizo propia la temeridad de su ministro. “Ató cabos”, dijo, para deslizar que el chofer había sido asesinado para legitimar el discurso sobre la inseguridad de la candidata oficialista Patricia Bullrich.

El gobernador mezcló ese crimen en la madrugada matancera con el intento de asesinato de Cristina Kirchner, que ordenó sostener a Berni.

El ministro necesitó, otra vez, ser salvado por su jefa luego de chocar contra su propia sobreactuación. Pero el peor impacto es la desbordante cantidad de robos y asaltos que sacude al conurbano y, todo debe ser dicho, a todas las grandes ciudades del país sin distinción de colores políticos ni de políticas de seguridad.

Berni, con el aval de Kicillof, es un gran comentarista que explica todo menos su responsabilidad sobre el visible crecimiento de la violencia narco en varias zonas del conurbano que se parecen cada vez más a Rosario.

En medio de tanta farsa, cuando todavía el ministro y el gobernador multiplicaban su teoría del “muerto tirado”, el drama propiamente dicho se expresó bajo la forma de un pedido. La familia del chofer asesinado reclamó respeto por su memoria. El respeto perdido.

Farsa y tragedia del fracaso kirchnerista
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