Desde Maringá, Brasil

“Y oliva, traen?”. La pregunta que uno de los mayores exportadores de aceite de oliva del país le hace al empresario accionista de una cadena de 70 supermercados en todo Brasil comienza un posible negocio. Entre un asado con farofa con charque y mandioca de guarnición, se preguntan por los productos que importa uno, por la capacidad de producción, por los antecedentes y las empresas con las que trabajaron. Todo termina en un intercambio de tarjetas y un encuentro próximo en Buenos Aires: “Nunca pensé que iba a hacer negocios tan rápido”, retruca el argentino. Es la primera cena del encuentro empresarial pyme argentino-brasilero y, como siempre sucede en estos eventos, lo importante pasa por fuera de la agenda oficial.


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El viaje que la comitiva de CAME realizó a Brasil está sembrando sus primeras semillas. Además de la sorpresa del frío, completamente poco habitual para esta época, la conversación de los industriales hace foco en los cambios que la pandemia le hicieron al comercio internacional, y de la nueva estrategia de “regionalización” que quieren abordar, plan en el que la relación Brasil Argentina se posiciona en primerísimo plano. “Luego de la pandemia se normalizaron las relaciones comerciales norte-norte, pero no norte-sur. Había cinco empresas de fletes marítimos que se cartelizaron y ahora ya son tres”, resume Alfredo Cecchi, el presidente de la Federación Económica de Mendoza (FEM), miembro de la comitiva. Luego, precisan algunos datos: el año pasado un flete salía 3900 dólares y hoy ya está a 8000 dólares.

«Políticamente también es el mejor momento para
regionalizarnos por la sobreprotección del resto del mundo, sobre todo del norte. El sur
quedó descolgado, el flete es más caro y cuesta más tiempo. Este nuevo escenario
político mundial es el mejor momento para hacer alianzas, protegernos y dejar
de ser exportadores de granos y agregar valores en nuestros países», asegura en diálogo con este diario el presidente de CAME Alfredo González. «Es importante que nos complementemos con Brasil, no solo comercialmente sino energéticamente. Juntos, los dos países podemos tener soberanía alimentaria y energética, claves en el nuevo escenario mundial», agrega Cecchi.

El foco está puesto particularmente en el Estado de Paraná: «El sur de Brasil está más abierto a nuestra economía. Somos economías complementarias. Por ejemplo la genética de algunos tipos de algodón de Brasil salen del norte argentino», continúa González. El dirigente diferencia la potencialidad entre las dos areas con respecto al mercado de San Pablo, por ejemplo, que presenta muchos obstáculos por su tamaño. «Brasil es un mercado interno ampliado, porque las demandas son parecidas. El ingreso a Brasil se dificulta por la competencia. Es que con la escala sus costos son mucho menores», analizan los empresarios. Y siguen haciendo negocios.

Ciudad verde

El anfitrión del primer día del encuentro es Jefferson Nogaroli, un reconocido empresario brasileño del Estado de Paraná que, además de ser CEO de la Compañía Sudamericana de Distribución tiene en su currículum un proyecto muy particular: compró hace diez años las tierras de un viejo aeropuerto en el centro de la ciudad de Maringá y lo transformó en una ciudad verde a la que llamará Ecogarden e invitará a vivir a 60.000 personas. “Estoy haciendo un Alphaviejo, un Alphaville para jubilados”, ironiza aludiendo a su intención de replicar una de las zonas más residenciales y lujosas de San Pablo – en la que Neymar compró hace un año una mansión de tres millones de euros- apuntado a un público de la tercera edad. 

En las casi 140 hectáreas en las que se emplazará el proyecto inmobiliario Ecogarden hay aguas termales, un parque de energía solar que abastecerá a los primeros edificios de más de treinta metros de altura, un vivero que será un proyecto de restaurante en donde ofrecerán hortalizas hidropónicas a disposición del cliente. Un hospital, escuelas, estaciones de servicio y una tecnología 5g que permite rastrear cuántas personas están caminando y en qué zonas, cruzada con otras variables que permitirán una «ciudad segura». “Es el sitio donde usted siempre quiso vivir pero no sabia que existía”, se entusiasma Jefferson. 

No es inocente que ese proyecto esté emplazado en la ciudad de Maringá, que obtuvo por tercer año consecutivo el título de «mejor ciudad para vivir» de Brasil. No solo por sus dos enormes parques con formas de pulmones que permiten respirar a la ciudad, ni por lo pintoresco de su Catedral puntiaguda: se encuentra en el top cinco de las ciudad con PBI más rico del país y fue calificada como una de las ciudades más inteligentes de Brasil. El poder adquisitivo es altísimo, y se puede resumir en una frase: es la ciudad brasileña en la que hay más autos que personas.

Del experimento inmobiliario de construir una ciudad ecológica, ya se hizo toda la urbanización. También se pueden ver los primeros escombros del hospital, el vivero con algunas lechugas hidropónicas, que son la prueba para lo que será la materia prima del restaurant ecológico, las palmeras al costado del camino y una bicisenda. El proyecto está en construcción y se prevé que se inaugurará dentro de diez o quince años. Hasta ahora hay sólo un lote vendido, de 5000 metros cuadrados. Sin construcción, el metro cuadrado vale 500 dólares. Una vez que esté construido, el precio se elevará a 3000 dólares el metro cuadrado. 

Si bien pueden vivir en el proyecto de ciudad personas de cualquier edad, uno de los objetivos del empresario está en la gente “que gana la jubilación garantizada alta” y ofrecerá servicios especiales para la tercera edad. También pone foco en los 3.000 estudiantes de medicina de una universidad privada en Maringá, que pagan una cuota alta para cursar la carrera y podrían vivir ahí. 

Source: economia – pagina 12

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