Desde sus comienzos, mucha gente supone que Gran Hermano es un programa anodino. Sin embargo, desde hace más de dos décadas una audiencia mayoritaria da indicios de que ahí pasa algo. Los picos de treinta puntos de audiencia superan diez veces el mejor desempeño de cualquier discurso presidencial. El ganador de la edición 2023 sacó un quinto de los votos válidos de la última elección: porcentaje similar al que consagró un presidente en 2003. Con la gran diferencia de que los votantes del reality show pagan para votar, factor que sería causa de ausentismo si fuera condición para acceder al acto electoral.

La afición de tal cantidad de personas por un programa de convivencia televisada en momentos en que parece imposible la convivencia social es un fenómeno. Pero más elocuente del espíritu de estos tiempos es la elección de los finalistas. La votación popular no eligió a los que recomendarían los analistas políticos. En la terna final no había carismáticos, ni controversiales, ni agresivos. Ese principio muy aceptado, pero poco demostrado de que en televisión y en política cuanto peor, mejor, una vez más se confirma como mito.

SELECCIÓN

Una acertada selección de participantes alteró la oferta habitual de la televisión y la política, que concentra las invitaciones en los más visibles y escandalosos. En ese menú de plato único basan conclusiones como que la gente prefiere impúdicos, prepotentes, carismáticos, cuando casi no dan alternativas para elegir lo contrario.

Cuando la hay, como en la última edición de Gran Hermano, la audiencia elige los seres más corrientes y menos dramáticos. Lo mismo que en las redes sociales, donde triunfa el disfrute, lo amoroso, lo divertido. Todas esas catástrofes como la desinformación, las agresiones, las mentiras existen, pero en un porcentaje marginal del volumen de lo que ocurre en internet. Pero en ese pequeño y miserable mundo vive la política y la prensa que se ocupa de sus asuntos y de esa vecindad infieren que el mundo es de su condición. Aunque las tendencias confirmen lo contrario.

Está en la naturaleza humana no meterse en el medio de una pelea callejera. A lo sumo, puede que alguien se detenga un momento para ver de qué va la riña, pero no se quedará mucho tiempo ahí. Marcos Gorbán, productor de exitosos programas de realidad, siempre repite que en esos programas sexo, violencia, vulgaridad alejan a la gente de la pantalla. Los estudios de la información confirman también que la negatividad es la principal causa de abandono de las noticias. Sin embargo, hay mucho convencido de que el antagonismo sí funciona en la política.

Las elecciones de este año van a ser decididas por estas mayorías, que expresan afinidad por jóvenes educados y sencillos de clase media, en una Argentina en que eso ya no es el bienestar mínimo sino que se ha convertido en un ideal aspiracional.

Un estudio publicado en la revista SSM-Mental Health que evaluó 86 mil estudiantes entre 2005 y 2018 advierte un incremento de la depresión, soledad y baja autoestima entre los jóvenes, especialmente quienes se identifican con las tendencias progresistas, agravado en mujeres de clases pobres. Entre varias causas, la mayor exposición a información de las generaciones digitales y a situaciones de hostilidad. Más allá de que faltan estudios que profundicen en las actitudes políticas en el país, las viejas consignas de lucha y puños alzados hacia el líder imaginario, tan recurridas en las liturgias políticas locales no parecen ser representativas de los jóvenes contemporáneos.

Más allá de que faltan estudios que profundicen en las actitudes políticas en el país, las viejas consignas de lucha y puños alzados hacia el líder imaginario, tan recurridas en las liturgias políticas locales no parecen ser representativas de los jóvenes contemporáneos.

Sin embargo, la campaña electoral argentina vuelve a insistir en la controversia, el dramatismo, el antagonismo como forma para la expresión política, que tiñe el tono de los medios que la contienen. La tradición partidaria repite rituales anquilosados en el pasado. El 23 y el 24 de marzo pusieron dos convocatorias en contraste impensado: el jueves, la alegría desbordada por el partido de la selección argentina; el viernes, la grisura de la conmemoración del inicio del gobierno militar. Escenas de la primera se siguen compartiendo con entusiasmo en las redes sociales. La segunda repite consignas y esténciles entre los convencidos, que no producen ninguna emoción a la mayoría que solo ve en ese día un feriado puente.

En un año electoral lleno de encuestas improbables, acaba de realizarse una encuesta entre el grupo más numeroso de la población argentina: la mayoría joven de clase baja. Buena parte de la audiencia de Gran Hermano pertenece a esa mitad del país con menos de 31 años, la mitad de los cuales son pobres. Las elecciones de este año van a ser decididas por estas mayorías, que expresan afinidad por jóvenes educados y sencillos de clase media, en una Argentina en que eso ya no es el bienestar mínimo sino que se ha convertido en un ideal aspiracional.

Signo de los tiempos. La gran encuesta nacional de Gran Hermano y las enseñanzas a los políticos
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