De acuerdo a cómo marchan las economías más grandes del planeta y a los compromisos de descarbonización de sus matrices energéticas, se calcula que para finales de siglo el planeta estaría experimentando un aumento de la temperatura del orden de 2,5 a 3 grados centígrados respecto del período preindustrial. En el territorio nacional, este escenario implicaría una profundización de desequilibrios climáticos que en algunos casos ya se perciben, como sequías o inundaciones, explica a Página/12 Ines Camilloni, climatóloga argentina, autora líder de reportes del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC).

2,5 o 3 grados puede parecer algo pequeño si se lo mide con la vara de la percepción personal, pero implica un brutal cambio ecosistémico global, advierte Camilloni. De hecho, en el Acuerdo de París de 2015, los países se pusieron como objetivo limitar el aumento de la temperatura a un rango de 1,5 a 2 grados, asumiendo que serían cambios climáticos considerables pero soportables para la forma en la que están diagramadas actualmente las ciudades y los sistemas agroalimentarios en todo el mundo.


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Hay un gran abanico de políticas favorables a contener la emisión de gases efecto invernadero, que son aquellos que inciden en el cambio climático. El pasaje de la generación de energía de combustibles fósiles a renovables, nuevos métodos de producción agropecuaria favorables a la captación de carbono del suelo, conservar ecosistemas como bosques y selvas, reforestación, mejorar la eficiencia energética, apoyar a circularidad de la economía a través de la reutilización y desincentivar el descarte de productos finales en favor de la reparación, son algunos ejemplos.

También hay apuestas que todavía parecen ciencia ficción pero que vienen tomando fuerte impulso en los últimos años. Entre ellas, sobresale la idea de generar un súbito enfriamiento del planeta a partir de la inyección de partículas a la estratósfera que permitirían reflejar la luz solar, una especie de «media sombra». Como residente del Solar Geoengineering Research Program de la Universidad de Harvard, Camilloni forma parte de un reducido grupo de científicos que viene estudiando este tema.

–¿Cómo se miden los cambios en la temperatura del planeta?

–La medición se hace de forma sistemática a través de los servicios meteorológicos, que a su vez conforman la organización meteorológica mundial, de modo que hay pautas de control y revisión de la información y el instrumental está homologado. Los datos son recolectados de forma constante todos los días del año y se comparten entre todos los gobiernos. Así se conforman las bases de datos globales de temperatura. De allí surgen las estimaciones sobre la evolución de la temperatura de la Tierra. Hay consistencia en la información acerca de que el planeta se está calentando y de forma acelerada.

–¿Cuál es el estado de situación del calentamiento global?

–Nosotros estimamos cuánto aumenta la temperatura en relación al período de referencia consensuado en el Acuerdo de París, en el marco de la Convención de Naciones Unidas, que es el período preindustrial, que va de 1850 y 1900. Con respecto a ese período, la temperatura aumentó en el último año 1,2 grados centígrados. Si miramos la última década, 2011-2020, el aumento promedio de la temperatura es de 1,1 grados frente al período preindustrial.

–¿El diagnóstico climático empeoró a partir de la revalorización de la seguridad energética que produjo la guerra en Ucrania y el avance de la extrema derecha en todo el mundo, que es negacionista respecto del calentamiento global?

–El Acuerdo de París aceleró la decisión de muchos países de encarar la transición energética hacia fuentes renovables. Antes del Acuerdo, se calculaba que el mundo iba hacia un aumento de 4 grados en la temperatura para finales de siglo. A partir de los compromisos que fueron asumiendo los países de llegar a metas de carbono neutralidad para mediados de este siglo, las proyecciones son un poco más optimistas con respecto al aumento de la temperatura y estaríamos en 2,5 a 3 grados para fin de este siglo. Es cierto que la invasión de Rusia y el resurgir de la demanda de combustibles fósiles genera más incertidumbre. También están los gobiernos negacionistas del cambio climático. Pero una clave está en que el tercio de las emisiones del mundo provienen de China e India. Los países desarrollados fueron reduciendo el ritmo de sus emisiones. Los que siguen creciendo ahora son los países en desarrollo. Entonces la cuestión política más importante radica en ver si China e India van a cambiar sus curvas de ascenso. China tiene compromisos de ser carbono neutral para 2060. El tema político está muy marcado por estas discrepancias entre países desarrollados y no desarrollados, no solo por el tema de los gobiernos negacionistas.

–¿Cómo describiría el impacto en el territorio nacional de un aumento de la temperatura de 2,5 a 3 grados?

–Muchos de los cambios que ocurrirían con un escenario de 2 grados son irreversibles en un horizonte temporal de cientos a miles de años. Para la Argentina, una proyección de calentamiento de 3 grados implica que la retracción de glaciares que ya estamos viendo se va a acelerar en forma muy significativa. En las regiones donde las lluvias estuvieron aumentando, en el centro del país, la tendencia se va a acrecentar. En cambio, en la región de Cuyo y la Patagonia va a continuar la retracción en las precipitaciones, lo cual acompañado por el aumento generalizado de temperatura determina condiciones más favorables para que ocurran incendios. El nivel del mar en algunas regiones también puede ser una amenaza, con consecuencias sobre la costa del Area Metropolitana de Buenos Aires, ya que el nivel del mar es uno de los determinantes del nivel del Río de la Plata. Esto puede no implicar inundaciones permanentes pero sí más frecuentes junto a olas de calor más severas. Sin dudas es un clima más peligroso del que tenemos ahora. De ahí la importancia de que haya estrategias de adaptación.

–¿En qué medida las situaciones actuales de cambios muy abruptos de temperatura, grandes inundaciones o fuertes sequías ya se puede vincular al cambio climático? ¿O se trata de eventos regulares que no tienen relación con el calentamiento global?

–Una de las definiciones de cambio climático es justamente demostrar que son cambios significativos, para eso se usan herramientas de la estadística. Para establecer esa relación causa-efecto se usan metodologías de atribución del cambio climático y es una de las líneas de trabajo que en términos científicos más progresó en los últimos años. En general, sabíamos que el aumento de temperatura en la atmósfera se asociaba a mayor presencia de gases efecto invernadero, pero el gran avance es que ahora, cuando ocurre un evento extremo, hay metodologías para analizar la probabilidad de que haya ocurrido por efecto de las acciones humanas. Cuando termina la sequía o la inundación, hay un grupo de investigadores que analiza la atribución de dicho fenómeno.

–¿En qué consiste la gestión de la radiación solar a través de la geoingeniería?

–La idea es que se refleje más luz que lo usual del Sol al Espacio, es como una especie de media sombra. Esto no cambia la cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera pero sí permite reducir rápidamente la temperatura. La técnica se aplicaría mediante aviones especiales que inyectarían partículas en la estratósfera, como aerosoles, a 20 kilómetros de altura. Ataca el síntoma, que es el calentamiento.

–¿No es ciencia ficción? ¿Qué riesgos implicaría?

–Es una técnica que viene avanzando muy rápido. La captura de carbono está incluida en los escenarios del IPCC. Ya está bastante instalado, aunque todavía no se ha desarrollado tecnológicamente lo suficiente para su implementación. Es una tecnología barata, factible de llevar a cabo. A pesar de todas las controversias que genera, está ganando espacio en la medida en que el escenario climático se va complejizando. La reducción de la luz solar, de un 1 o 2 por ciento, no sería lo más relevante. El principal problema es que los efectos no se percibirían de la misma manera en todo el planeta, en algunos lugares tendería a llover más y en otros menos, por ejemplo. Es una estrategia de impacto global, con lo cual también emerge el tema de la gobernanza, quién decide, quién financia. Tal vez en algún momento sea indispensable usarla. La pregunta es qué riesgo es peor.

Source: economia – pagina 12

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